Caigo al vacío

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Tanto al soñar como al estar despiertos, lo que experimentamos tiene un aspecto emocional que varía en intensidad dependiendo de la situación y del nivel de “presencia” que la persona aplique a esa determinada experiencia. Las cosas vividas con intensidad emocional se recuerdan mejor que las que se vivieron con menos presencia de las emociones.


No recuerdas cada desayuno de tu vida, pero recuerdas aquella vez que, por equivocación, le echaste sal al café, y no solo lo recuerdas porque fue algo fuera de lo normal sino porque al pegar un trago escupiste sin querer y manchaste la ropa de tu amiga con la que habías quedado para desayunar. ¡Qué momento más…! Aquí cada uno puede terminar la frase de una forma diferente: horrible, “tierra trágame” o divertido, memorable…


Los sueños vívidos son aquellos en los que parece que realmente estás viviendo lo que pasa y tanto tus sentidos como tus emociones están involucrados. Estos sueños se recuerdan mejor y además a veces puedes incluso volver a experimentar cómo te sentías durante la experiencia en el sueño. Hay personas que saben incubar sueños y utilizan esta actividad para plantar semillas en la mente y recrear situaciones agradables, que producen sentimientos placenteros, o incluso resolver problemas.


Revivir sueños bonitos es muy agradable, pero no lo es recordar la sensación de terror al caer por un pozo sin fondo, ni la angustia de buscar un escondite para que los malvados no te encuentren. Estos tipos de sueños tienen una carga emocional intensa y por ello nuestra mente los recuerda, aunque no tengamos ningún deseo de hacerlo. Los sentimientos negativos van dejando un sedimento en nuestro ser que nos conviene retirar, ya que a largo plazo se puede ir manifestando de formas diversas en nuestros cuerpos y en patrones de conducta.


Tras un sueño donde las emociones de terror o angustia nos han dejado un poco debilitados para empezar el día, podemos elegir crear un tiempo de estar emocionalmente presentes en la Paz y el Amor del espíritu de Dios. Esto va a borrar de nuestro corazón las emociones del sueño y va a dejar en nosotros un sedimento de paz. Para hacer este ejercicio solo hay que centrarse en el momento presente y abrir nuestro corazón para percibir cómo su paz nos cubre y nos inunda al mismo tiempo. Al principio, puede que nos cueste acallar la mente, pero con un poco de práctica se puede aprender a poner los pensamientos en pausa para realmente centrarnos en estar presentes en el momento presente.

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